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Crónica de viaje I


La invitación a una boda se convirtió en la oportunidad de unir en un solo viaje mi amor

por la fotografía y un sueño que tenía aplazado: recorrer en una Van Estados Unidos, el país al que llegué en 1999, cuando apenas tenía 15 años; en esa travesía, pasar por Colombia, el lugar que me vio nacer, y llegar hasta el sur del continente sin afanes. La idea era detenerme cada vez que un paisaje, un rostro o un olor atraparan mi atención. Quería capturar esos momentos con mi cámara y contar la historia de mi viaje con imágenes, la mejor forma que he encontrado para expresar lo que pienso y lo que siento.


Ese sueño se fue diluyendo en medio de los afanes del día a día, de ese correcorre en el que caemos todos los que vivimos en este país. Después llegó la pandemia y aparecieron asuntos labores y personales que no viene al caso mencionar. Cuando ya creía que ese viaje soñado era uno de esos proyectos que uno nunca concreta, apareció mi prima Laura con una invitación que no pude rechazar: tomar las fotos de su matrimonio era la oportunidad de empacar la maleta y cruzar el país de costa a costa.


El viaje ya no será en una Van y no recorreré de norte a sur el continente, pero por fin tendré la oportunidad de salir de mi zona de confort, de pasar tiempo conmigo mismo, de conectarme con la naturaleza, de descubrir los rostros de la gente que me cruce en el camino y de hacer lo que más me gusta: contar historias con mis fotos.


Saldré de mi casa en Boston y cruzaré el país hasta la costa oeste solo con lo que necesito: mi camioneta, una carpa, ropa, algo de comida y mi equipo de fotografía. Sin prisa, llegaré a la boda de mi prima que se será en Seattle, Washington, tomaré las fotos y seguiré mi camino por las carreteras de Estados Unidos. Por ahora, marqué en el mapa algunos de los veinte estados que quiero visitar: Nueva York, Minnesota, Dakota del Norte, Montana, Oregón, California, Nevada, Nebraska, Ohio, Illinois, Indiana.


Así comienza este recorrido por Estados Unidos, un viaje que quiero compartir con ustedes a través de mis fotos. Esta es la invitación que les quiero hacer: descubran lo que hay en su puerta trasera, miren con otros ojos y verán cosas maravillosas, cosas que siempre han estado ahí.



Taughannock Falls

Después de salir de mi casa, en Boston, y recorrer unas 395 millas, llegué a este rinconcito ubicado al norte del estado de Nueva York. En mis veinte años viviendo en este país, tuve la oportunidad de visitar varias veces la capital del mundo y pude conocer de cerca el ritmo acelerado que se vive en sus calles. En esta ocasión, pasé de largo por ese paisaje caótico. Quería encontrar un lugar tranquilo y alejado del bullicio para tomar la primera foto de esta crónica de viaje. Cuando llegué a las Taughannock Falls, la tarde estaba fría y nublada. A pesar de la lluvia, saqué mi cámara y caminé unos veinte minutos hasta la base de las cataratas. Había visto algunas imágenes del lugar y cuando estuve cerca pude comprobar su belleza y sentir su tranquilidad.



Theodore Roosevelt National Park

Theodore Roosevelt National Park, al oeste de Dakota del Norte. Me sentía pequeño en medio de este

paisaje inmenso y desolado, pero esa sensación no tardó en disiparse: por primera vez en mi vida estuve tan cerca de animales salvajes. Me encontré casi de frente con la mirada de los búfalos que se paseaban a unos tres o cuatro metros de mi carpa y escuché galopar a los caballos que recorren en completa libertad este escenario que me recuerda las películas de vaqueros. En la noche, antes de conciliar el sueño, confirmé, una vez más, que este viaje es mi prioridad.



Grinnell Lake

Siete días de viaje y unas 2.500 millas recorridas. En el mapa señalé un punto muy cerca de la frontera entre Estados Unidos y Canadá: es el Parque Nacional de los Glaciales, en el Estado de Montana. Un paisaje que parece sacado de una postal: un conjunto de montañas coronadas de nieve y rodeadas de uno 130 lagos. Llegué hasta Grinnell Lake y acampé en el parqueadero de una tienda. El lugar estaba desolado. Por fortuna para mí, la temporada de vacaciones comienza en mayo. Tardé unos treinta minutos en subir a la cima de una montaña. Desde arriba, pude apreciar la belleza del lago y el tono azul turquesa de sus aguas. Aunque el frío me helaba hasta los huesos y me quemaba la piel, no me quería ir

La Boda

Llegué a tiempo a Seattle para cumplir la cita que motivó este viaje por las carreteras de Estados Unidos. Mi familia me estaba esperando. A mi prima Laura, la novia, no la veía desde que éramos niños, hace unos 20 años; a Huover, el novio, lo conocí un día antes de la boda. La ceremonia fue sencilla, cerca de un lago rodeado de árboles. A pesar de la lluvia, me las ingenié para registrar con mi cámara la felicidad que sentían los recién casados. Mis mejores deseos para Laura y Huover en su matrimonio. Misión cumplida. Mi viaje continúa.






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