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Tras el sueño de una triatlón


Todo estaba listo para competir: el traje de neopreno, la bicicleta y un buen par de tenis para trotar. La fecha estaba marcada en el calendario: el 4 de abril de 2020 María Fernanda Duque correría su primer triatlón en California. Esta vallecaucana, que vive en Boston desde el 2014, llevaba diez meses entrenado. Cuando conoció este deporte, en febrero de 2019, supo que sería triatleta. El reto era difícil: nadar, montar en bicicleta, correr y lograr una buena marca.

Lo que necesitaba saber sobre esta disciplina lo encontró en Youtube y en la experiencia de un par de amigos que le ayudaron a preparar sus rutinas de entrenamiento.


“El primer video de Youtube lo vi con mi novio. Era muy duro: empezaban nadando en el mar, se quitaban en el neopreno, seguían en la bicicleta y terminaban corriendo. Él me miró y me dijo: ‘¡Usted está loca!, ¿cómo va a hacer una cosa de esas?’. ‘No sé cómo, pero lo voy a hacer’, le contesté”. María Fernanda no se equivocaba. Sabía muy bien de lo que era capaz: “uno debe tener fortaleza mental, ahí empieza todo”, asegura.


Para cerciorarse de cumplir con su objetivo, buscó información sobre Ironman, una serie de carreras que son organizadas por World Triathlon Corporation en distintas ciudades del mundo. Las posibilidades eran muchas: Costa Navarino, en Grecia; Taitung, en Taiwan; Cozumel, en México o Buenos Aires, en Argentina. María Fernanda no lo pensó mucho y se decidió por la media triatlón de San Diego, California. No había vuelta atrás: debía nadar 1.2 millas, recorrer 56 en bicicleta y correr 13 millas más.

Ya estaba inscrita en la carrera y no tenía mucho tiempo para prepararse. Diseñó su propio calendario y lo pegó en la sala de su casa. Los lunes y los viernes montaba en bicicleta; los martes y los sábados, corría; los jueves y los domingos, nadaba; y los miércoles, descansaba. Con el paso de los meses, María Fernanda mejoró la técnica, la resistencia y los tiempos.


La fecha de la carrera se acercaba y ella se sentía lista para competir, pero no fue posible. Como sucedió con muchos torneos y eventos deportivos, cancelaron el Ironman de California por la rápida propagación del COVID-19, una pandemia que puso en jaque al mundo entero. A María Fernanda, que estaba entusiasma con la idea de participar en su primer triatlón, no le cayó bien la noticia, pero no era la primera vez que surgía un tropiezo en su carrera como deportista, una historia que comenzó en Sevilla, Valle del Cuaca, cuando era una niña.



El primer partido


A los siete años, María Fernanda no pasaba desapercibida. Cursaba segundo de primaria en la Escuela María Inmaculada de Sevilla y era la más alta del salón. Desde que sus profesores de educación física lo notaron, comenzó su carrera en el baloncesto: “Me dijeron: ‘¿te querés inscribir? Empezamos a las tres de la tarde’. No me acuerdo si mi mamá me llevó o yo llegué solita. Solo recuerdo que estaba ahí en la cancha esperando que me dieran las instrucciones, y así arranqué”, cuenta María Fernanda, que siempre se ha sentido orgullosa de sus 1,76 de estatura.


Pronto comenzó a entrenar con las más grandes de la escuela. Se esforzó mucho para no quedarse en la banca. Llegaba antes de que iniciaran los entrenamientos y aprovechaba los descansos para jugar. Avanzó rápido: a los ocho años se ganó un lugar en la Liga de Baloncesto de Sevilla y a los doce, empezó a entrenar con los equipos de Buga y Tuluá. Viajaba todos los fines de semana con el entrenador y sus compañeras para participar en intercambios y torneos en otros municipios. Aunque le dedicaba mucho tiempo al deporte, nunca descuidó sus estudios.


Ese esfuerzo tuvo sus recompensas: María Fernanda fue admitida en el Colegio Mixto de Sevilla por su destreza con el balón, y a los quince años ingresó a la Liga de Baloncesto del Valle del Cauca: “Cuando recuerdo los entrenamientos, pienso: ‘¿cómo hacía?’. En las tardes entrenaba con mi equipo y en las noches con los hombres y los veteranos, con los que más sabían”, recuerda María Fernanda.


En la cancha, se encargaba de la defensa: además de sumar cestas para su equipo, era experta en bloquear los pases de sus contrincantes y en recuperar el balón: “El baloncesto para mí se convirtió en una pasión, en una afición”, dice. Ya no tenía dudas: quería ser deportista profesional. Su objetivo era permanecer en la Liga y ganarse una beca para estudiar en la Universidad Santiago de Cali o en la Escuela Nacional del Deporte.


En el 2002, estaba a punto de graduarse de bachillerato, cuando apareció el primer tropiezo en su carrera deportiva. Su equipo estaba preparándose para competir en un torneo nacional en Ibagué, cuando su rodilla derecha le falló: “La primera lesión fue muy fuerte. Salté y se me salió la rótula, pero yo no quería parar. No le di un descanso a la rodilla; simplemente, esperaba que se desinflamara y me metía otra vez en la cancha. De todas formas, fui al nacional y en uno de los partidos me volví a lastimar feo. No terminé el nacional, me quedé sentada en la banca”, cuenta María Fernanda.

Estuvo un año por fuera de las canchas. Cuando regresó a la Liga, ya no tenía el mismo nivel que sus compañeras y se retiró del equipo. María Fernanda se desaminó. Sentía que había perdido la oportunidad de ser una gran deportista y de ganarse una beca, pues sabía que su familia no podía pagarle una carrera universitaria.


Esa angustia no duró mucho tiempo: en el 2004, la llamaron para reemplazar a una jugadora del equipo de baloncesto de la Universidad del Quindío. Empacó maletas y se fue a vivir al Eje Cafetero. Se ganó un cupo en la cacha y otro en las aulas. Aprovechó su habilidad con los números y empezó a estudiar contaduría: “Al comienzo fue muy luchado tenía que trabajar para pagar la estadía. El entrenador del equipo masculino tenía una escuela privada de baloncesto y me contrató para entrenar niños y jóvenes de mi edad”.


Antes de recibir el título de contadora, en el 2007, fue becada en la Escuela de Cadetes General Francisco de Paula Santander en Bogotá. Allí, además de hacer parte del equipo de baloncesto, estudió durante año y medio el curso de Oficial de Policía. Aunque no se graduó, esta experiencia le dejó muchos aprendizajes: “De esta parte de mi vida aprendí bastante. Me di cuenta de que era capaz de hacer mucho más de lo que me imaginaba. Me volví más exigente y segura. Por eso, cuando yo me meto en algo, sé que lo voy a hacer”, asegura María Fernanda.


Regresó a la Universidad del Quindío para terminar sus estudios. Se graduó en el 2011 y se despidió del baloncesto en un torneo universitario. La rodilla derecha le volvió a fallar: “Cuando me vi tirada en el piso, decidí parar. La recuperación no fue tan compleja, fue más la tristeza. Sabía que me estaba despidiendo de una etapa muy importante de mi vida. Para mí el baloncesto significó crecimiento”, dice.


Esta despedida no la alejó del deporte. Iba al gimnasio, jugaba voleibol y practicaba otras disciplinas de bajo impacto, pero le hacía falta competir. Fue entonces cuando descubrió el triatlón.

Una marca personal


Con la llegada del verano del 2020, María Fernanda ajustó sus rutinas. Dejó de entrenar en su casa, donde se resguardaba de las bajas temperaturas del inverno. Ahora, trota en una reserva natural cercana a su residencia y disfruta de los paisajes que hay en el recorrido que hace en bicicleta hasta Rockport, un pequeño puerto ubicado en el condado de Essex, Massachusetts, a 38 millas de Boston.


Aunque todavía lamenta no haber competido en la fecha que tenía prevista, se sigue preparando para su primer triatlón: “Al principio, me dio muy duro que suspendieran el Ironman por lo de la pandemia. Estaba muy ilusionada. Fue mucha la entrega, el tiempo que invertí, las cosas que dejé de hacer por entrenar. Fue triste, pero no me desanimé. Sigo disfrutando los entrenamientos. Todos los días me levanto con una meta. No siento que haya perdido nada”.


Cada día le suma millas a su marca personal. Este deporte, como lo fue en el pasado el baloncesto, se convirtió en una pasión que le impone nuevos retos. Uno de ellos es diseñar una línea de chocolates energizantes que proporcionen un mayor rendimiento a la hora de ejercitarse. Ella y su novio, Jason Cappadona, propietario de TRU Chocolate, una empresa que fabrica chocolates sin azúcar, crearon recetas para acompañar sus jornadas de entrenamiento. Ahora, quieren que otros deportistas conozcan los beneficios de este producto y de una buena alimentación.: “El chocolate oscuro es antioxidante y tiene unas propiedades que uno ni se imagina. Como yo no puedo consumir azúcar, mi novio empezó a ensayar: mezcló el chocolate con sal marina y le adicionaba coco, almendras o pasas. Me como un cubito al empezar y otro al terminar mis entrenamientos, y con eso me mantengo, no necesito nada más. Lo que queremos vender es un estilo de vida saludable”, dice.


Este proyecto y las estrictas jornadas de entrenamiento siguen ocupando la agenda de María Fernanda, una deportista que ya no espera medallas ni reconocimientos: “A mis 34 años y con todo lo que he vivido, ya me considero una atleta. En este momento, solo me importan mis marcas y mis logros personales. Este deporte me ha permitido tener más fortaleza mental. Es como una pasión que ya no tiene límite”. Por ahora, en su calendario está marcada la fecha de una cita pendiente: en Septiembre del 2021 correrá su primer triatlón.




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